Agricultura protegida de Arica. Un modelo propio en construcción acelerada

Hace menos de 10 años un horticultor podía obtener 85 toneladas por hectárea de tomate. Hoy el empresario dueño de un invernadero no se conforma con menos de 200 toneladas/ha. Sin embargo, todos observan de reojo a una de las empresas top de la zona, la que en base a producción hidropónica duplica y hasta triplica los buenos rendimientos por hectárea del área. Pese a que se requiere de una gran inversión, ya hay emprendedores de la zona lanzados en proyectos sin suelo y con alta tecnología.

Por Francisco Fabres

¿Existe un modelo de agricultura protegida en Arica? La respuesta tal vez sea negativa. En verdad coexisten diversas formas de manejo y también muy distintos niveles de inversión, así como realidades diferentes en los valles de Lluta, Azapa, Chaca, y ahora también en Pampa Concordia. Lo que sí se podría aventurar es que se va  en camino a un “modelo Arica”, pues se encuentran particularidades determinantes y comunes, como la calidad del suelo y del agua,  plagas y enfermedades, el clima, el predominio del tomate, la rápida adopción de tecnologías como el uso de mallas y de plantas injertadas, la escasez de mano de obra.

A diferencia de lo que ocurre en la mayor parte del mundo, la agricultura protegida no fue impulsada por la necesidad de cobijar a las plantas contra las inclemencias del tiempo.

–El clima es lo mejor que tiene Arica –señala Germán Sepúlveda, patólogo vegetal, académico de la Universidad de Tarapacá–. Muchas de las especies expresan acá todo su potencial genético, con rendimientos límites a nivel mundial en hortalizas como berenjena, pimentón, tomate. “Invernáculo” es el término correcto para designar lo que nosotros llamamos “invernadero”, palabra que se refiere más bien a una condición natural. El valle de Azapa es un invernadero.

Así, lo que motivó el rápido desarrollo de las estructuras de protección no fueron las condiciones atmosféricas, sino una respuesta a la presión de plagas y enfermedades.

–En 2007 –recuerda Sepúlveda– se produjo una epifitia de distintos virus que afectaron a hortalizas. Trabajamos con INIA, e incluso se identificaron dos virus que no estaban registrados para Chile. Se detectó el biotipo B de la mosquita blanca Bemisia tabaci, potente transmisora de virus. Eso hizo evidente la necesidad de medidas profilácticas, la principal de las cuales fue el uso de mallas antiáfidos, antivectores. El impulso de la agricultura protegida deriva de esa coyuntura fitosanitaria.

–La incorporación de mallas antiáfidos –apunta el empresario Enrique Pineda, quien justamente inició su actividad productiva en la zona en 2007/08– vino acompañada de protecciones de mulch, ahorro de pesticidas, riego por goteo, e injertos más recientemente, y mejoró la productividad y calidad de los frutos. Hubo tres empresas pioneras en cultivo protegido: los Lombardi, los Truffa, y Santa María, formada por mi suegro. El pequeño agricultor empezó a fijarse y a adoptar la tecnología.

El paso del cultivo de tomate al aire libre al cultivo protegido significó saltar de rendimientos de 80-85 toneladas a producciones que superan las 200 toneladas/ha/año, como en el caso de Pineda.

LAS MALLAS SOLO FUERON EL PRIMER PELDAÑO

Las mallas antiáfidos han prestado una gran ayuda, pero probablemente la evolución haga que dejen paso al plástico. Según Pilar Mazuela, ingeniera agrónoma, Dra., Directora General de Extensión y Vinculación de la Universidad de Tarapacá, ello se justifica en primer término porque el cambio climático está induciendo variaciones en las temperaturas.

–En invierno –describe– el delta entre las medias máximas y las medias mínimas a principios de la década del 70 era 6,8 y ahora es 9,9. Las medias mínimas han bajado y las medias máximas han subido.

Pero el gran factor en contra de las mallas, agrega, es la alta presencia de partículas en suspensión:

–Al depositarse sobre las coberturas obscurecen el interior del invernadero, y esa falta de luz se asocia a una menor absorción de ciertos nutrientes, entre otros problemas. Algunos agricultores han detectado diferencias de luminosidad respecto del exterior de hasta un 60%. La solución es lavar, pero con las plantas presentes puedes generar condiciones de humedad favorables a la aparición de enfermedades fungosas. Por lo tanto el agricultor lava cuando ya terminó el cultivo. El plástico en cambio permite hacerlo sin problemas. En Almería se usa cal para sombrear en condiciones de verano, y utilizan plásticos de tan buena calidad que resisten el peso de una persona de 100 kg para lavarlos al iniciar el otoño. Eso la malla no lo permite.

INVERNADEROS: DESDE LA AUTOCONSTRUCCIÓN HASTA EL ÚLTIMO MODELO

En lo que se refiere a las estructuras, están desde los invernaderos o casas malla de autoconstrucción artesanal, hasta los importados del extranjero.

Germán Sepúlveda advierte sobre la calidad de los materiales. Por ejemplo, él ha detectado mallas a través de las cuales los insectos vectores son capaces de pasar. Considera que el modelo de estructura que ha ido surgiendo artesanalmente es funcional:

–Es un cubo en el cual se busca economía de materiales de construcción, sobre la base de postes de eucalipto. En el valle te vas a encontrar con el letrero “se vende ropa para invernadero”, con la cual envuelven las puntas de los postes para evitar el roce y prevenir roturas de la malla. También hemos visto errores, como cuando la distribución del peso del cultivo se hace mal. Más de un par de invernaderos se ha caído con el viento. Hay pérdidas completas.

Sepúlveda echa de menos la inclusión de lucarnas, poco comunes en el valle de Azapa, para mejorar la ventilación. También subraya la importancia de la regulación de las entradas, el uso de doble cortina:

–La mayoría de las reinfestaciones con polilla o mosquita blanca ocurren por el tránsito en la cosecha y a través de las cajas. El sistema de monitoreo y trampeo en las puertas es muy importante. El tránsito entre productores también debe restringirse. En la ropa puedes llevar adultos de insectos, esporas de hongos. Si estuviste en el predio donde había Fusariosis, puedes llevar el inóculo en los zapatos. Seguramente vamos a llegar a que para entrar tengas que ponerte un sistema de protección. Y ya todo el mundo está usando dispensadores de jabón gel. Recomendamos desinfectar manos e implementos al término de la línea.

Enrique Pineda, a cargo de los predios de las agrícolas Pineda-Santa María y Sofricoc Ltda., con alrededor de 12 ha entre ambas (7 destinadas a tomate), importó primero estructuras de fierro galvanizado desde la región de Almería, España, y más recientemente desde México, en esta oportunidad aumentando la altura:

–El modelo que trajimos de Almería tiene 4,5 m, en tanto el de México alcanza los 5,5 metros de altura. Además de hacer una diferencia en cuanto a luminosidad y ventilación, mientras más arriba el techo del invernadero, más puede desarrollarse la planta sin necesidad de intervenirla. El tomate sigue creciendo una vez que llega arriba en el entutorado y hay que evitar que se quiebre cerca del ápice para que siga fructificando, por lo cual es necesario bajarla. El tallo se enrolla en el suelo y la planta se guía nuevamente en dirección a su crecimiento natural. 

Cuanto menos veces sea necesario hacer este manejo, mejor y más sana se desarrolla.

El crecimiento descrito se debe al alargamiento del ciclo de cultivo posibilitado por las nuevas tecnologías. Requieren mayor inversión –el costo de una hectárea de tomate bien producida está entre los 22 y 25 millones, calcula Pineda–, pero con ellas actualmente la temporada de cosecha comienza en mayo y termina en noviembre, en el racimo 20-22, cuando entran las producciones de tomate de la zona central.

EL MANEJO SOBRE SUELO LLEVADO A SU MAYOR EXPRESIÓN

El desarrollo paralelo de otras tecnologías junto a la de los invernaderos ha sido una de las preocupaciones de Enrique Pineda. Un cambio cultural fue empezar a regar por volumen y no por tiempo, reconoce. Hoy su sistema de goteo incluye la medición de la humedad a través de tensiómetros y lisímetros. Un equipo computarizado permite programar la fertirrigación de macro y micronutrientes para cada sector del huerto, de acuerdo al desarrollo de las plantas. El sistema da una señal de alarma si la conductividad eléctrica o el pH de la solución no están dentro de los rangos preestablecidos y puede detener automáticamente la operación en caso de sobrepasar ciertos límites.

Otro innovación sustancial de Pineda ha sido el mejoramiento del suelo.

–Mi suegro trajo una máquina chipeadora y empezamos a hacer compost con toda la materia vegetal, a diferencia de la quema de residuos de los cultivos que acostumbraban nuestros vecinos, y que en noviembre-diciembre convertía al valle en una humareda. En cuatro meses obtenemos el material estabilizado y lo incorporamos al suelo.

Aplica del orden de 120 m3 de compost/ha, la mitad producido en el predio y el 50% restante adquirido a la empresa Rosario, de la VI Región.

Otro aspecto que el agricultor señala como un gran avance entre sus vecinos es el reemplazo del uso masivo de guano crudo de ave o cordero, “que hacía imposible estar afuera, por las moscas”. Hoy el principal proveedor, avícola Ariztía, ofrece un producto procesado, con la marca Norterra.

Al igual que muchos agricultores de la zona, Pineda ha ido incorporando progresivamente el uso de productos biológicos para el control de plagas y enfermedades.

En la batería de herramientas incluye el impacto de los portainjertos. Estos aportan resistencia a Fusarium, que antes era un problema dramático, y generan una abundante masa radicular para convivir con los nematodos obteniendo buenos rendimientos. También incluye el empleo de mulch para control de maleza, conservación de humedad del suelo y aumento de la luminosidad reflejada.

Su asesora, la ingeniera agrónoma Mónica Rojas, menciona asimismo el uso de Trichoderma, Bacillus subtilis (“en forma separada, porque son incompatibles”), nematicidas comerciales sintéticos en el comienzo del cultivo y de origen natural en etapas posteriores. Monitorean raíces cada 15 días y realizan análisis de suelos periódicos. También monitorean los principales insectos plaga (la mosquita Bemisia tabaci, la polilla Tuta absoluta), instalan trampas de feromonas en el perímetro del cultivo, y han probado repelentes naturales. Además destaca que el moderno sistema de riego con que se cuenta en el predio permite inyectar diariamente microdosis de bioestimulantes, enraizantes, materia orgánica líquida (ácidos húmicos y fúlvicos): “todos los días un poquito”. También es estricta en la desinfección de manos, herramientas, zapatos y ropa, lo que les ha permitido mantener alejados problemas bacterianos que sí han sido graves en otros sectores del valle.

Pero cuando la presión de plagas y enfermedades es alta (“los vecinos no son muy dados a lo orgánico y eso nos afecta” lamenta Pineda), utilizan productos químicos convencionales. No obstante, remarca Mónica Rojas, este control es muy complejo:

–Cosechamos dos veces a la semana, entonces las carencias no pueden pasar de los tres días de lapso entre cosecha y cosecha. Son pocos los productos disponibles con esas características. Y además con el tema de la resistencia tenemos que ir alternando familias, grupos químicos.

Enrique Pineda destaca que la aplicación de materia orgánica sumada a otras medidas de control integrado le han permitido ir bajando progresivamente el nivel de infestación de sus suelos. Sin embargo, admite que todavía aplica bromuro de metilo para la desinfección inicial del suelo: “tienes que asegurarte, porque es un cultivo largo”, apunta. Sabe de otros agricultores que están probando con solarización y biofumigación, pero manifiesta dudas porque estos tratamientos toman plazos largos para ser efectivos.

–Mi plan es pasar de inmediato al cultivo sin suelo cuando ya no disponga de bromuro de metilo. Estamos en un programa de cinco productores con la consultora Codesser, quienes vamos a trabajar con un experto español para prepararnos al tema del cultivo en sustrato. Innova CORFO nos está apoyando y vamos a hacer cinco unidades piloto de 2.500 m2. Pero frente a la posibilidad del cultivo sin suelo la gran duda es, dado el alto costo, ¿el mercado me lo paga?

UNA EXPERIENCIA EMBLEMÁTICA DE AGRICULTURA HIDROPÓNICA EN LLUTA

La curiosidad e interés por las posibilidades del cultivo hidropónico sobre sustrato son cada vez mayores. El gran referente al cual todos miran es Tomaval, ubicado en el valle de Lluta. Alberto Vargas, administrador general de las empresas del grupo en la zona (que incluyen la comercialización de plantas injertadas Punto Verde y la distribución de abejorros Biocruz para polinización), cuenta que recibe  visitas constantemente.

No es de extrañar la atracción de Tomaval. Sus rendimientos actuales en la región de Arica y Parinacota se sitúan entre 480-500 t/ha/año, en 10 a 11 meses de producción. Y, con inversiones proyectadas para 2015 la cifra podría subir a las 600 t/ha/año (ver artículo en la página 22) que ya se alcanzan en los invernaderos que Tomaval en Quillota y Los Ángeles.

–Este invernadero está hecho con una mediana tecnología, en comparación a nosotros mismos –declara su encargado de producción–, pero en comparación a cualquier otro invernadero externo la verdad es que no hay otro igual.

–¿Cuál fue la razón para elegir su ubicación actual en Arica y Parinacota?

–El consumo energético –responde Alberto Vargas– es uno de los costos importantes para obtener tomate en invierno en la zona central. En Arica las condiciones climáticas hacen que la demanda térmica adicional sea mucho menor. Si en Los Ángeles necesitan 1 de energía, nosotros necesitamos 0,5, y en algunos meses nada. En Azapa prácticamente no hay cómo inscribir un pozo, y la idea es crecer, por lo tanto preferimos el valle de Lluta debido a la gran cantidad de agua disponible. Siempre estuvimos seguros de que tratándola podíamos llegar a producciones como las que hoy día obtenemos, o más; tenemos campo para multiplicar tres veces las 4 ha actuales. Por otro lado, en Azapa golpea la presión de plagas como mosquita, polilla, bacterias, entre otras. Lluta es mucho más limpio. Además este lugar [km 25, sector Poconchile] se encuentra a unos 500 metros sobre el nivel del mar, por lo cual está casi siempre despejado. Climatológicamente es más estable que abajo, donde afecta la humedad y la baguada costera, y que arriba, donde las temperaturas mínimas son muy bajas. Aquí las mínimas se mueven por lo general entre 8-9ºC. Hay unos pocos días aislados en que se escapa a 4-5ºC. Las máximas en verano pueden llegar a 27-28ºC, he visto un par de días con 29ºC, pero lo normal es 25-26ºC.

En la planta de Arica, describe Vargas, la producción se extiende más o menos 22 meses ininterrumpidos. Por ejemplo, plantó el 13 de febrero de 2014 y continuará hasta enero-febrero de 2014. Las plantas duran 11-12 meses establecidas, con 10 meses de cosecha. Hacen un traslape de producciones: en diciembre de 2014 se despuntarán las plantas establecidas en febrero y la cosecha de la fruta remanente continuará por alrededor de 7 semanas. Con anterioridad se transplanta a su lado una plántula nueva, en el mismo sustrato, de manera que cuando esta se encuentra a punto de dar el primer racimo para cosecha, la planta vieja está entregando el último.

Contrariamente a lo que se podría pensar en una agricultura de desierto, el ingeniero agrónomo acota que la humedad supera el 85% durante un número importante de horas, y no baja del 60% durante el día. La situación de invernadero y la temperatura generan un ambiente favorable para enfermedades fungosas como la Botrytis. Por ello para 2015 invertirán en un equipo que aporte energía térmica a partir de gas propano, con lo cual obtendrán fertilización carbónica a través de la inyección de CO2 (que la planta aprovecha en la fotosíntesis), además de calor aplicado a la parte baja del invernadero. Así subirán la humedad por diferencia de temperatura para evacuarla a través de las lucarnas, disminuyendo la posibilidad de ataque de hongos; activarán las raíces, y debiese ser posible aumentar la densidad de plantas en invierno, e incrementar el nivel productivo.

El costo por hectárea de las instalaciones de Tomaval se empina sobre el millón de dólares (ver artículo en pág. 22). 

–¿Cómo se justifican estos niveles de inversión?

–Nuestros precios son muy diferentes a un tomate convencional. En Arica tenemos tomate Beef, y tomate racimo en las otras zonas. Nuestro tomate se vende a otro valor y a través de todo el año, en gran parte de manera programada, lo cual da sustentabilidad al negocio. La producción de Arica está muy vinculada a la cadena Walmart porque su apoyo fue vital para la creación de este proyecto. Se comprometieron a comprar nuestros tomates, para apuntar a un nicho de mercado nuevo, en una época nueva.

–¿Cuál es la diferencia de precio del tomate Beef respecto de uno normal?

–Normalmente el precio a público en supermercado está 200 pesos arriba. Por lo general se mueve de $980 a $1.100/kg. El tomate racimo tiene un nicho mucho más acotado, pero su precio es aun mejor. Puede llegar a rentarnos a nosotros $1.000/kg en invierno, fácilmente. De hecho el próximo año en invierno voy con 2 ha de racimo acá.

El encargado de la XV Región especifica que al momento de la venta en una misma época del año no hay diferencias entre los tomates de la empresa generados en una u otra zona. Todo va a un packing en la zona central desde donde se distribuye con la misma marca. Solamente hay una diferencia en el rappel (comisión de góndola) de Walmart, favorable al producto ariqueño como parte del compromiso que tomaron al inicio del negocio.

EL PARADÓGICO CASO DEL BORO:  SE SACA DEL AGUA, PERO LAS PLANTAS LO NECESITAN

Las aguas de Lluta tienen altos niveles de boro, carbonatos y azufre, de manera que deben ser tratadas. El agua pasa por un equipo de osmosis inversa que es suficiente para todas las sales excepto el boro, del cual permanece un 30%. Por consiguiente se efectúa una segunda pasada y luego se utiliza un abatidor basado en el empleo de resina. El pozo de Tomaval tiene niveles de boro de 15-18 ppm, lo que es bueno en comparación con otros sectores de Lluta, donde llega a 20-30 ppm y hasta a 40 en sectores más bajos. Con el proceso descrito se llega a 2,5-2,7 ppm de boro. El costo de los equipos desalinizadores supera los 100 millones de pesos, pero están calculados para las necesidades de 8 hectáreas, al igual que el diseño del riego, cabezales, caudal de pozo, filtros para limpieza de drenaje y almacenamiento de agua. Por ende no significarán inversiones adicionales cuando aumente la superficie del cultivo. El egreso por concepto de la desalinización y abatimiento se sitúa en el orden de los 4 millones de pesos mensuales, en electricidad, carga de filtros y aditivo anti incrustante para evitar que las partículas de sales sellen la entrada del filtro.

–Te va a sonar extraño –apunta Alberto Vargas–, pero nosotros al cultivo le agregamos boro. No lo que nos queda de residuo del agua, porque está como borato, no asimilable y más encima fitotóxico. Tenemos que agregar el “boro bueno”, como ácido bórico.

–¿Cuáles son las principales diferencias de manejo respecto de las otras zonas?

–La mayor dificultad es la disponibilidad del capital humano. La gente no está muy dispuesta a trabajar en el campo, prefiere otras ocupaciones, incluso con sueldos mucho más bajos. En un momento llegamos a tener casi 70 trabajadores. Fuimos capacitando, aumentaron su productividad y hoy contamos con 35 personas, sin contar las otras dos compañías de abejorros y plantines. Se asigna un número de plantas por persona y al cabo de la semana tiene que tener terminadas las tareas según un programa. El Gobierno chileno nos permite tener un máximo de 15% de extranjeros. La mano de obra puede ser alrededor de un tercio de los costos de producción.

YA HAY QUIENES SIGUEN LA HUELLA DEL CULTIVO SIN SUELO… ESTILO AZAPA

El agricultor Julio Gómez, junto a sus hijos, está entre los primeros agricultores azapeños que se han decidido por la opción hidropónica. Julio Gómez hijo, a cargo de producción de frutas y verduras en campo de Agrícola GF, cuenta el factor que los determinó al cambio:

–Arrendamos un terreno de 4 ha y al poco tiempo las plantas empezaron a morir. Nos dimos cuenta entonces de que habían aplicado un herbicida contra chañares, cuyos residuos permanecen 5-6 años en el suelo. Tuvimos que botar la plantación.

Una gira tecnológica a México más las recomendaciones de especialistas de la empresa Netafim, sumadas a las permanentes dificultades con las fumigaciones para controlar enfermedades y plagas del suelo, la calidad del agua, más el interés por una agricultura limpia y el convencimiento de las bondades del clima, los decidieron. De las 12 ha disponibles, entre propias y arrendadas, ya 4 están diseñándose y en producción para cultivo sin suelo. En septiembre de 2014 colocaron la primera planta en cultivo hidropónico.

Lo han hecho observando, adaptando tecnologías, contratando servicios locales, buscando alternativas que ofrezcan una buena relación costo/beneficio. Dado el alto nivel de precisión que necesita este tipo de manejo, el sistema es manejado computacionalmente, incluyendo la inyección de fertilizantes en los pulsos de riego que la planta necesita. Sin embargo, no todos los insumos tecnológicos se encuentran disponibles en Arica y algunos de ellos han debido ser implementados de manera artesanal, provisoriamente; es el caso de la bandeja de demanda, donde se instalan los sensores que dan la señal de funcionamiento a los equipos para abastecer las necesidades de las plantas.

La instalación del programador y la caseta de riego se hizo con un técnico local, Felipe Ramos. Se privilegió alguien de la región para tenerlo cerca si ocurre algún imprevisto. Aun cuando el proyecto se articula con diversos proveedores, el sistema obedece a pautas bien definidas:

–La idea es no infectar nuestras aguas subterráneas –aclara Julio Gómez hijo–, que las tenemos ya con bastantes problemas. Aislamos el suelo con mangas plásticas antimalezas, que evitan el paso de insectos y la contaminación de las plantas con elementos del suelo. Sobre ellas distribuimos piedras chancadas donde ubicamos la fibra de coco. Dimos un desnivel, el agua corre como si fuera un canal y llega a un tubo recolector enterrado, que drena a un estanque acumulador. Vamos a hacer análisis de esa agua, la vamos a mezclar con el agua de riego nuestra y la vamos a usar en un cultivo rápido, que puede ser una lechuga o unos pepinos ensalada. Pensamos reutilizarla así, hasta que hagamos un sistema que sea recirculable 100%, en unos 2 o 3 años, con tecnología de osmosis inversa. El proyecto va enfocado a eso. Vamos a contar con pasillos centrales de cemento, se va a hacer todo en bandejas. Es una agricultura más limpia, con menos riesgos de enfermedad, por lo tanto trabajaremos sobre todo con productos orgánicos, que están llegando a la zona.

El costo, sin contar el cultivo, supera los 50 millones de pesos por hectárea, según indica el entrevistado. La iniciativa ha sido apoyada por CORFO a través de dos proyectos, y ahora se está trabajando en un tercero que involucra un sistema de energía solar para sustentar los procesos. El requerimiento energético es de 5 kilowatt y podrían ser abastecidos en un 100% con paneles fotovoltaicos.

–¿Cuánto aumenta la producción por ha la hidroponía?

–Nosotros estamos con volúmenes de 200-300 mil kg/ha. Con hidroponía debiera pasar los 500 mil kg/ha, porque el cultivo puede durar todo el año en cosecha. Aparte de eso vienen otras tecnologías, como el interplanting [intercalación de plantas], utilizadas en México, en Europa, que nos dan una brecha entre cultivo y cultivo de 45 días máximo. Otra cosa importante: al aumentar nuestra producción/ha nos baja el costo/kg. Se genera un margen mayor o bien podemos bajar el precio y así aumentar el consumo para que absorba la mayor oferta.

En algún momento analizaron la posibilidad de realizar el cultivo sin sustrato, solo con agua (new growing system, NGS), pero finalmente optaron por la fibra de coco.

–Da un poco más de margen que el agua en caso de error. Si hay una equivocación en un ácido o en algún producto, la pérdida puede ser grave. Y por lo que vimos en México y con los asesores, los grandes cultivos se hacen en sustrato. Da un mayor buffer o tolerancia a problemas como que se te corte la energía o se te eche a perder una llave. Te da el tiempo de reaccionar y reparar. En una zona sísmica siempre corremos riesgos. Por eso se necesita instalar un generador o tener los paneles solares.

–¿Qué proyecciones le ves al cultivo hidropónico y al tomate, como producto?

–Yo creo que el cultivo hidropónico va a tener en el valle la misma evolución que los invernaderos de malla sombra. En 5 años tuvimos un crecimiento explosivo. De 50 ha llegamos creo que a las 800. Pasó lo mismo con la injertación, que entró el 2010/11 y en este momento se están vendiendo como 6 millones de plantas injertadas en la zona. Eso demuestra lo fuerte que es la agricultura en el valle, que produce mientras todo Chile no puede. Pero como país tenemos un techo de consumo de tomate y estamos llegando a él. Creo que a futuro la hidroponía nos va a tener que abrir otras puertas, otros cultivos, innovar en productos, para el consumo nacional o para exportación –concluye Julio Gómez.

http://www.redagricola.com/reportajes/hortalizas/agricultura-protegida-de-arica-un-modelo-propio-en-construccion-acelerada

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